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¿Abdicación o Tercera República?

A continuación reproduzco la columna de opinión publicada en Monitor Nacional el 30 de abril de 2013 (enlace a publicación aquí):


La crisis financiera y económica que ha estado golpeando a gran parte del mundo desarrollado desde 2008 ha tomado desde el principio un cariz especialmente preocupante en ciertos países de la Unión Europea, España entre ellos. De forma creciente, la ciudadanía española comienza a percibir que no se trata única ni principalmente de una crisis, sino de una estafa masiva de la que ella es la principal víctima.
En España se está creando un peligroso cóctel explosivo. Por un lado, la gente de a pie sufre el aumento continuo del desempleo que ya está en máximos históricos (supera ya el 27%, el 57% si nos referimos al juvenil), recortes continuos en sanidad, educación, derechos laborales y todo tipo de políticas sociales, retrocesos salariales, etc. que han llevado al vertiginoso empobrecimiento de un importante sector de la población, hasta el punto de que los bancos de alimentos y las ONG se ven desbordadas.
Por otro lado, en los medios de comunicación se suceden a diario escándalos de corrupción, noticias sobre el saqueo del erario al que se han dedicado una parte de la clase política, en colaboración y connivencia con la elite de la clase empresarial, durante años con total impunidad, y la atónita contemplación de cómo se destinan ingentes cantidades de dinero para rescatar a una banca que se ha dedicado a estafar a sus clientes (casos de preferentes y subordinadas) mientras mantienen el grifo del crédito cortado a pequeñas y mediantes empresas y particulares, acabando de estrangular la economía.
Es en este contexto insoportable en el que la confianza en la monarquía, la institución del Estado tradicionalmente mejor valorada por la ciudadanía española, se ha desplomado al descubrirse que no ha sido ajena al proceso de expolio que ha sufrido el pueblo gracias a que la prensa, por primera vez, ha derrumbado el muro de silencio que desde siempre ha rodeado a esta institución y, particularmente, a la figura del rey Juan Carlos I.
Caído el tabú, el español de a pie asiste atónito a la sucesión de acontecimientos que ponen en entredicho la continuidad monárquica. Dos han sido especialmente relevantes en este proceso: en primer lugar, el viaje del Rey a cazar elefantes a Botsuana en compañía de su amiga especial la princesa Corinna. En segundo lugar, el mayúsculo escándalo de desvío perfectamente organizado de fondos públicos del que formaba parte principal su yerno Iñaki Urdangarin y al que no son ajenos ni su hija la infanta Cristina, recientemente imputada, ni Carlos García Revenga, secretario de las infantas y a sueldo de la Casa Real, escándalo este del que todavía no se sabe hasta dónde llegará en sus implicaciones.
Día a día se conocen nuevos detalles que no hacen sino empeorar la percepción de la Monarquía. Esta misma semana se ha sabido que Iñaki Urdangarin aprovechó las buenas relaciones del Rey con el ex presidente de México Felipe Calderón para intentar hacer negocios aprovechando una visita institucional de éste a España, gestiones por las que habría cobrado una importante comisión.
En definitiva, la Monarquía, y de modo especial el Rey Juan Carlos I, está dejando de ser, a gran velocidad, la institución sin mácula que a ojos del pueblo desempeñara un papel clave en la reinstauración democrática y, sobre todo, en el aborto del golpe de Estado del 23 de febrero de 1981, para pasar a ser vista como una institución salpicada por la corrupción y la degeneración moral que ha experimentado el país.
Cada vez hay más voces que, en este contexto, piden la abdicación del Rey en la figura de su hijo el Príncipe Felipe, hasta ahora ajeno a cualquier escándalo. Pero también, y por vez primera desde la II República, comienzan a hacerse oír con fuerza quienes exigen el derecho del pueblo español a decidir si desean que la Jefatura del Estado sea hereditaria o elegida democráticamente.

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