Con motivo del desfile anual en el que gays, lesbianas y transexuales reivindican el orgullo de su condición sexual, determinados sectores sociales han mostrado su incomodidad. Sentimiento que, afirman, no se deriva de la condición del colectivo que se manifiesta o de las reivindicaciones que sostiene, sino del espectáculo en sí: se trata del impudor, la ausencia de decoro que impregna el desfile; es, en suma, la estética lo que les molesta.
La estética, afirman. El espectáculo de personas en ropa interior bailando por las calles, emplumadas, no dudando en besarse en público, disfrazadas de marineros, ataviados de cuero hasta arriba. He ahí lo que les molesta, afirman. No debemos, pues, dudar de la sinceridad de sus palabras.
Seguramente comprenden la necesidad de visibilizar a un colectivo que ha sido perseguido y proscrito durante siglos; que sólo en el último tercio del siglo XX ha comenzado a tener derechos en algunos lugares del mundo. Que sólo desde principios del siglo XXI tiene derecho a contraer matrimonio y formar una familia en contadísimos lugares, España entre ellos. Que, pese a todo, sigue soportando el peso del prejuicio, la ignorancia y el fanatismo acumulados durante tanto tiempo y por instituciones tan diversas como el Estado o la Iglesia. Que todavía sigue siendo objeto de persecución en tantos países. Que todavía soporta el estigma y el peso de la condena moral por los administradores de las religiones monoteístas, que no dudan en considerarlos pecaminosos.
En estas circunstancias, pues, estos sectores conservadores seguramente comparten y respaldan la necesidad de manifestar públicamente el orgullo de mantener una conducta tan duramente perseguida. Su oposición es, claro, una mera cuestión de estética.
¡Cuestión de estética! Vale, reconozco que a mí me parece contraproducente el histrionismo con el que se exhiben una parte de los manifestantes del día del orgullo gay. Si yo fuera homosexual, no me gustaría soportar el peso de una etiqueta así, estaría a favor de otra forma de defender mis derechos. Pensaría que de la forma actual se estaría contribuyendo a reproducir los estereotipos en los que durante tanto tiempo nos habían recluido, más que a romper con ellos. Pero nada más. El acto me parece una fiesta. Punto.
Porque si sólo es cuestión de estética, a mí hay espectáculos que me parecen mucho más repulsivos. Por ejemplo, me repugna la visión de un toro ensangrentado, torturado a dosis pequeñas hasta que es finalmente ajusticiado entre el delirio de la gente. Para quienes critican la marcha gay por su estética, sin embargo, este espectáculo es cultura. Y en tanto representación suprema de los valores patrios, es incluso elevado a la categoría de fiesta nacional. Ni más ni menos.
Otro tanto ocurre con las procesiones de Semana Santa, momento en que durante varios días los católicos toman las calles para sacar a sus iconos en procesión ataviados con capuchones que les cubren el rostro y una vestimenta que les llega hasta los pies. Si fuese por estética, y yo fuese negro, tendría sudores fríos al ver una procesión... Esto por no mencionar a esos fieles que se flagelan en la espalda hasta sangrar, o caminan descalzos o de rodillas para expiar sus penas. Esta estética no les molesta, sino que es expresión máxima de la fe de un pueblo.
En fin, si uno fuese malpensado creería que tal vez no es sólo la estética lo que les molesta, sino la pública exhibición de su inmundicia moral. “Orgullosos... ¿de qué?” se preguntaba hace poco el conservador canal Intereconomía en el spot que podrás ver a continuación. Porque no soy avieso, que si no pensaría que la cosa va más allá de lo meramente estético...
