28 julio 2016

Mentiras, grandes mentiras y estadísticas: el INEGI y la medición de la pobreza


A continuación transcribo el texto
"Por qué INEGI no debió cambiar la metodología sobre pobreza", 

columna de opinión para la revista mexicana Alto Nivel.

Fue con toda probabilidad el escritor estadounidense Mark Twain (y no el político conservador inglés Benjamin Disraeli) quien afirmó “hay tres grandes tipos de mentiras: mentiras, grandes mentiras y estadísticas” (there are three kinds of lies: lies, damned lies, and statistics). Fuese uno o el otro, la hiperbólica cita contiene una parte de verdad: las estadísticas pueden ser poderosos instrumentos al servicio de la mentira y la manipulación. Y, sin embargo, al mismo tiempo son herramientas imprescindibles sin las cuales no sería posible diseñar, poner en marcha o evaluar política social o económica alguna.
Por otra parte, los saberes que de forma casi inconsciente hemos ido adquiriendo de nosotros mismos en tanto sociedad gracias a las estadísticas son un buen ejemplo de lo que se ha dado en llamar desde la teoría sociológica reflexividad del conocimiento en la modernidad tardía: con gran rapidez, las ideas y los conceptos traspasan las barreras del saber académico o técnico para formar parte de la vida cotidiana: indicadores como la tasa de desempleo, el umbral de pobreza, el producto interno bruto, la inflación, etcétera se convierten en elementos recurrentes de las conversaciones cotidianas.
No debemos tampoco perder de vista un eje esencial: ya que el conocimiento es poder, el control sobre las estadísticas es una fuente importante de poder. Por ello, no debemos caer en la ingenuidad de pensar que las estadísticas son, siempre, fuentes libres de sesgos y exentas de orientaciones ideológicas. Es fundamental conservar una orientación crítica ante cualquier dato estadístico y preguntarnos quién, cómo y para qué lo ha generado.
Pongamos un ejemplo. Para medir la riqueza de un país se puede pretender, como así ha ocurrido en las últimas décadas, que es necesario conocer la suma de todos los bienes y servicios finales que produce a lo largo de un año: su Producto Interno Bruto (PIB). El concepto de riqueza, medido a través de este indicador, pasa entonces a las trincheras de la pugna política, pasa a tener implicaciones prácticas. Un determinado gobierno puede así legitimar sus políticas afirmando que han aumentado el PIB del país… aunque la pobreza y la inequidad hayan aumentado y el medio ambiente se haya visto dañado. Lo cierto es que detrás del indicador PIB hay un determinado concepto de riqueza que emana de una determinada ideología político-económica.
¿Por qué no considerar para medir el grado de desarrollo de un país (en última instancia, también su riqueza) aspectos como que su ciudadanía tenga una vida larga y saludable, adquiriera conocimientos y disfrute de un nivel de vida digno? Esta es, por ejemplo, la aproximación del Índice de Desarrollo Humano (IDH) ideado por las Naciones Unidas. A modo de curiosidad, los cinco países más ricos en 2014 según el PIB habrían sido Estados Unidos, China, Japón, Alemania y Brasil (México ocuparía el lugar 10); según el IDH, Noruega, Australia, Suiza, Dinamarca y Holanda (México ocuparía el lugar 74).

El cambio que hizo el INEGI 

En cualquier caso, las estadísticas son instrumentos indispensables en todo proceso de planeación social y debemos estar siempre vigilantes para asegurarnos de que cumplan los criterios de validez y fiabilidad. En las mediciones históricas, aquellas que nos permiten detectar tendencias a lo largo de los años, es fundamental que la metodología se repita escrupulosamente año tras año: introducir cualquier cambio en la forma en que se mide una realidad puede por sí mismo alterar los resultados, lejos de que sea la propia realidad la que haya cambiado. Y esto es, justamente, lo que ha ocurrido con la medición de los ingresos de los hogares mexicanos tras los cambios metodológicos introducidos por el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI).
En efecto, de forma injustificable desde un punto de vista técnico, ha cambiado únicamente la forma en que mide los ingresos del segmento más pobre: a aquellos hogares que declaran “ingresos sospechosamente bajos” (sin que ni siquiera se defina bien qué se entiende por tal cosa) se les pasa un segundo cuestionario bajo el supuesto de que así se corrige una inicial subestimación de sus ingresos. El resultado práctico de tal cambio metodológico ha sido que en 2015 los ingresos de los hogares más pobres “crecieron” un 34% respecto a 2014, pasando de 2 mil a 3 mil pesos al mes, mientras que el ritmo medio de crecimiento registrado entre 2008 y 2014 se movía en el entorno del 2%.
Como consecuencia añadida, y por arte de magia estadística, la desigualdad en México ha visto reconducida su tendencia anterior: en lugar de seguir aumentando como en años previos, de pronto se ha visto reducida, ya que entre los más ricos los ingresos “tan sólo” han crecido un 10%. Y es que el cambio metodológico sólo ha afectado a los ingresos de los más pobres, en el caso de los más ricos o de las clases medias no se han considerado necesario implementar un segundo cuestionario bajo el supuesto de una subestimación.

Adiós a la credibilidad del INEGI

Este cambio que tal vez pretenda justificar cierta inacción política (“si la pobreza y la desigualdad remiten es que se están poniendo en marcha las políticas sociales y económicas adecuadas”) supone, por supuesto, un burdo enmascaramiento de la realidad. Con esta decisión que resquebraja su credibilidad, el INEGI priva a los organismos y asociaciones que luchan contra la pobreza y la desigualdad de un instrumento esencial de medición y convierte 2015 en el año cero de una nueva serie. De este modo, manda a la basura de un plumazo todo el trabajo estadístico precedente en la materia.
El INEGI aún está a tiempo de parar este despropósito: basta con revisar los datos de 2015 eliminando el segundo cuestionario y con recuperar la metodología anterior para la medición de los datos de 2016. La lucha contra la pobreza y la desigualdad debe basarse en la aplicación de políticas activas, no en darle la razón a Mark Twain.

15 junio 2016

Del 20D al 26J: un nuevo escenario electoral en España a la izquierda del tablero



A continuación transcribo el texto de 
"El ABC de las elecciones españolas del 26J", colaboración para el portal mexicano Los Candidatos.



Los resultados electorales de diciembre pasado dieron lugar al Parlamento más fragmentado desde la restauración de la democracia en España. Tras meses de negociaciones, no hubo acuerdo posible para investir presidente al único candidato propuesto por el Rey, siguiendo el mandado constitucional, que fue Pedro Sánchez, del PSOE, tras la renuncia de Mariano Rajoy, candidato del PP, el partido que logró mayor número de votos y diputados.

Este escenario inédito ha forzado la repetición de las elecciones, que serán el próximo 26 de junio. En mi opinión, cómo la ciudadanía interprete este hecho será el elemento crucial para determinar qué ocurrirá ese día y quiénes serán castigados y premiados. En esencia: ¿quién, o quiénes, son los responsables de esta situación de interinidad política e institucional en unos tiempos tan críticos para el país?

Resumiré mi punto de vista. Pedro Sánchez podría ser, en estos momentos, presidente del gobierno en lugar de candidato del PSOE. Tuvo su momento. Lo dejó escapar. No lo volverá a tener. Ahora, su elección la noche del 26J será entre optar a ser vicepresidente en un gobierno de coalición de izquierdas o dimitir tras cosechar, dos veces consecutivas, los peores resultados de su partido. Cualquier otra alternativa (que pasaría por facilitar por activa o por pasiva un gobierno del PP) sería el suicidio político de un partido en caída libre desde que el ex presidente Zapatero anunció en sede parlamentaria el cambio de rumbo del socialismo español el 12 de mayo de 2010.

Desde mi punto de vista, Pedro Sánchez se equivocó gravemente, o lo equivocaron, cuando decidió alcanzar un “acuerdo de gobierno” con Ciudadanos, fuerza de centro derecha a la que el PSOE había atizado duramente en campaña identificándola repetidamente con el PP. Un “acuerdo de gobierno” tan minoritario que sumaba 130 (90+40) de 350 escaños y dejaba fuera a sus 71 aliados naturales a la izquierda con los que podrían haber llegado hasta los 161, mucho más cerca de la investidura. Un “acuerdo de gobierno” presentado ante el mundo en una escenificación llena de pompa y boato.

Es cierto que ese acuerdo estaba abierto a la incorporación de nuevos partidos, pero el orden de los factores sí altera el producto en política. Lo coherente hubiera sido explorar hasta el final la posibilidad de acuerdo hacia la izquierda y sólo luego intentar algún tipo de compromiso con Ciudadanos para lograr, al menos, su abstención. Ni Podemos ni el PSOE pusieron toda la carne en el asador, es cierto. La diferencia es que el PSOE pactaba, paralelamente, con Ciudadanos, algo que no era asumible para Podemos y que dejaba dinamitado, virtualmente, cualquier posible acuerdo posterior.

¿Por qué no se dio este “acuerdo natural”, cuando Podemos (y sus confluencias) y PSOE ya gobiernan en coalición o apoyándose mutuamente en un buen número de ayuntamientos y comunidades autonómicas, incluyendo Madrid y Barcelona? Mi impresión es que Pedro Sánchez no quiso, no pudo o no le dejaron pactar a la izquierda y, entonces, en el cuartel general socialista se diseñó la siguiente estrategia: pactar con Ciudadanos, presentar el acuerdo de gobierno, conseguir que Pedro Sánchez fuese candidato a ser investido presidente y, en ese momento, poner a Podemos contra las cuerdas: o se abstenía (y Pedro Sánchez podría ser elegido presidente) o votaba en contra y entonces podría ser presentado como responsable de bloquear el cambio social en nuestro país, de ser la “tabla de salvación” del PP.

Podemos vio el órdago y votó en contra de un acuerdo de gobierno que lo dejaba fuera. Desde entonces, la estrategia socialista pasa, efectivamente, por cargar contra esta formación por impedir, por bloquear, el cambio político.
Sin embargo, tengo la impresión de que la lectura mayoritaria en el electorado de centro izquierda va a ser otra: votar al PSOE será, en cierto modo, votar a Ciudadanos, un partido criticado en campaña como de derechas. Pedro Sánchez no dudó en acusar repetidamente a Albert Rivera de ser de derechas, como en este debate o en el último vídeo que se puede ver en este enlace. El PSOE se juega su única baza de obtener un resultado digno el 26J en conseguir que entre el electorado de centro izquierda cale la idea de que “a día de hoy no se están poniendo en marcha políticas progresistas porque los extremos (PP y Podemos) han votado juntos bloqueando el cambio, impidiendo que Pedro Sánchez sea presidente”. De este modo, de forma diabólica, el PSOE sólo sobrevivirá a costa de cargar dialécticamente contra el único partido con el que podría gobernar en coalición tras el 26J.

Podemos, mucho más fuerte que el 20D al concurrir ahora con Izquierda Unida en la coalición Unidos Podemos, por el contrario, repite una y otra vez que el PSOE es su aliado, que el rival común es el PP. Mi impresión es que su estrategia será recompensada en estas nuevas elecciones y que aglutinará el voto de la izquierda. Pablo Iglesias será el próximo presidente de España si Pedro Sánchez, que pudo haberlo sido, acepta que las tornas han cambiado y asume la vicepresidencia de un gobierno de cambio en el que la suma de las fuerzas de izquierda tendrán, probablemente, mayoría absoluta en el Congreso.

26J: tendencias al arranque de la campaña


Cuando IU y Podemos confirmaron su coalición tuve la impresión de que la unidad provocaría un efecto multiplicador, más allá de la suma, en parte debido a este sistema electoral nuestro que convierte las provincias en circunscripciones electorales.
Cuando el PSOE y Ciudadanos presentaron su "acuerdo de gobierno", tuve la impresión de que estaban atándose una piedra al cuello (el primero más que el segundo).
En política, las tendencias (a corto y a medio plazo) son fuerzas poderosas que la coyuntura potencia o atempera. Creo que la actual coyuntura (en parte explicada por los dos factores anteriores) está potenciando la tendencia alcista de Podemos y que esta tendencia no está, ni mucho menos, agotada. 
Pero lo iremos viendo.